Entran en una cueva de Nueva Zelanda y destapan un mundo perdido de hace un millón de años que cambia la historia de la extinción animal
Un hallazgo en una cueva de Nueva Zelanda revela 12 especies de aves y 4 ranas de hace más de un millón de años, cambiando lo que sabíamos sobre la extinción animal.
Nueva Zelanda siempre ha sido un laboratorio natural aislado del mundo. Pero lo que un grupo de geólogos acaba de encontrar en una cueva de la Isla Norte va mucho más allá de lo que imaginaban: un ecosistema congelado en el tiempo, atrapado bajo capas de ceniza volcánica desde hace más de un millón de años, como si se tratara de tu película de dinosaurios favorita.
No es una exageración llamarlo “mundo perdido”. El yacimiento funciona como una cápsula temporal que preservó huesos, fragmentos y restos de fauna anterior incluso a muchas de las transformaciones climáticas que marcaron el Pleistoceno. Durante décadas, ese periodo era un vacío incómodo en la paleontología de Oceanía. Ahora ya no lo es, siendo un hallazgo similar a la de los robots en la luna.
Un agujero negro en la historia… que acaba de llenarse
Hasta ahora, los científicos tenían un problema serio: entre los fósiles de hace unos 15 millones de años y los del Pleistoceno medio, había un enorme hueco cronológico. Sabíamos mucho del antes y del después, pero casi nada de lo que ocurrió en medio. Este nuevo hallazgo cambia esa narrativa.
En el interior de la cueva aparecieron restos de doce especies de aves antiguas y cuatro tipos de ranas que vivieron hace más de un millón de años. El nivel de conservación es extraordinario, ya que las capas de ceniza volcánica actuaron como un sellado natural, aislando los restos del paso del tiempo, la humedad y la erosión.
Y eso permite algo importante: reconstruir con mucha mayor precisión cómo era la biodiversidad de Nueva Zelanda antes de la llegada del ser humano.
La extinción no empezó con nosotros
Durante mucho tiempo, la historia popular ha colocado a los humanos como los grandes responsables de la desaparición de especies en islas como Nueva Zelanda. Y es cierto que la llegada humana, hace unos 750 años, aceleró drásticamente la pérdida de biodiversidad. Pero este yacimiento obliga a cambiar esa visión.
Los datos apuntan a que hasta la mitad de las especies de la isla ya habían desaparecido por causas puramente naturales mucho antes de cualquier intervención humana. Las erupciones volcánicas, los cambios climáticos bruscos y otros eventos geológicos actuaron como auténticos filtros evolutivos.
La naturaleza no era un paraíso estable que nosotros rompimos de repente. Era (y sigue siendo) un sistema dinámico, violento y profundamente cambiante.

Los fósiles hallados en la cueva de la Isla Norte quedaron sellados bajo capas de ceniza volcánica, lo que permitió conservar restos de 12 especies de aves y 4 ranas con más de un millón de años de antigüedad.
Algunos de los hallazgos más importantes
Pero lejos de algunas teorías y cambios completos de paradigmas, hay varios hallazgos muy importantes en cuanto a fauna se refiere (y por cierto, puedes revisar cómo se veía hace 70 años con esta app). Básicamente los siguientes:
El ancestro volador del Kākāpō
Entre los fósiles destaca una especie especialmente misteriosa: Strigops insulaborealis. Se trata de un pariente antiguo del actual Kākāpō, el famoso loro nocturno y no volador de Nueva Zelanda.
Lo fascinante es que este ancestro probablemente sí podía volar. Esa diferencia morfológica sugiere que la pérdida del vuelo en el Kākāpō moderno no fue un rasgo primitivo, sino una adaptación posterior a un entorno sin grandes depredadores terrestres.
En otras palabras: el aislamiento convirtió a un loro volador en uno de los pájaros más singulares y vulnerables del planeta. Y ahora sabemos que su historia evolutiva es mucho más antigua y compleja de lo que se pensaba.
Palomas, Takahe y conexiones con Australia
El yacimiento también ha revelado los restos de una paloma extinta vinculada a especies actuales de Australia, además de un antepasado del Takahe.
Estos fósiles aportan piezas fundamentales para entender cómo las aves colonizaron las islas del Pacífico Sur. No fue un proceso lineal ni simple. Hubo oleadas de llegada, adaptación, extinción y reemplazo a lo largo de millones de años.
Nueva Zelanda no es solo un conjunto de islas remotas. Es el vestigio emergido de un antiguo continente sumergido (llamado Zelandia) cuya historia geológica aún está siendo descifrada.
Un ecosistema frágil… incluso antes de nosotros
Este descubrimiento no ha quedado sólo en la anécdota paleontológica. Es una llamada de atención. Demuestra que los ecosistemas vírgenes pueden colapsar por fuerzas geológicas naturales mucho antes de que intervenga el ser humano. También recuerda que la biodiversidad es el resultado de equilibrios extremadamente delicados, moldeados por catástrofes, aislamiento y adaptación.
La diferencia hoy es que a esas fuerzas naturales se suma nuestra influencia. Y quizá la lección más potente de esta cueva no sea que la extinción empezó antes de nosotros, sino que siempre ha sido parte del proceso evolutivo. La pregunta es si aprenderemos a no acelerar ese proceso más de lo inevitable. Un millón de años después, una cueva en Nueva Zelanda acaba de reescribir un capítulo entero de la historia natural. Y lo más probable es que todavía queden muchas páginas por descubrir bajo la ceniza.
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