Tras visitar una instalación de Apple queda claro que las fábricas de chips americanas están, tecnológicamente, décadas retrasadas
¡Los chips más modernos de Apple están lejos de ser 'Made in USA'!
El sueño de fabricar tecnología en Estados Unidos, impulsado por el actual presidente, Donald Trump, ha demostrado ser difícil de cumplir. Tras varios meses desde la puesta en marcha de fábricas que pretendían asumir parte del papel que por años han cumplido las factorías asiáticas, ha saltado a la luz una realidad que pone en riesgo el futuro de la iniciativa gubernamental.
Un reciente análisis del The Wall Street Journal sobre las instalaciones de Apple en suelo estadounidense expone una desconexión profunda entre las promesas electorales y la capacidad industrial real. Aunque la excusa para cumplir esta política era forzar la mudanza de las cadenas de suministro de Asia a Estados Unidos para revitalizar la clase trabajadora local con miles de empleos industriales, esto no termina de suceder.
La automatización merma el empleo
Actualmente, las instalaciones de Apple en Texas y Arizona no están produciendo la tecnología punta que define a la compañía. Mientras que los chips más avanzados (como los proyectados A19 o A20) siguen siendo dominio exclusivo de Taiwán, las plantas americanas se limitan a tareas más modestas, como la fabricación del chip A16, el procesador que hoy alimenta dispositivos como el iPad de undécima generación.
Esta realidad reconoce que el ecosistema estadounidense no está preparado para la vanguardia. Para fabricar chips de última generación se requieren máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV) de ASML, cada una valorada en unos 400 millones de dólares. Pero incluso con la maquinaria adecuada, la infraestructura técnica y humana necesaria para operarlas a la escala de Asia no existe en la misma magnitud en Estados Unidos.
Esta compleja cadena, que abarca desde la transformación de silicio en obleas por parte de GlobalWafers America y la impresión de miles de millones de transistores mediante litografía de precisión en TSMC (Arizona), hasta las fases finales de ensamblaje y pruebas a cargo de Foxconn (Houston), depende más de maquinaria avanzada y la robótica que de una gran fuerza laboral humana.
Mientras que en Asia se emplea a una gran cantidad de trabajadores para gestionar los procesos, en las plantas en Estados Unidos, los pocos puestos que se generan son altamente especializados, lo que invalida la premisa de "devolver empleos" a la clase trabajadora convencional.
Apple cumple a regañadientes
El mayor obstáculo no es financiero, sino cultural y formativo. Tim Cook, CEO de Apple, sintetizó este problema años atrás cuando señaló la escasez de talento especializado en suelo estadounidense en comparación con el ecosistema chino.
Según las palabras recogidas en diversos informes, Cook llegó a afirmar que "en Estados Unidos no es posible llenar una sala con ingenieros de herramientas, mientras que en China podrías llenar varios campos de fútbol".
Por supuesto, Apple, tras años de operar en Asia, entiende que replicar ese entorno en Estados Unidos requeriría más que simple inversión; requeriría una transformación educativa y social que ninguna política de aranceles puede acelerar por decreto.
La presión política por "relocalizar" la producción de chips ha chocado con la realidad tecnológica. Apple ha quedado expuesta en su intento de equilibrar estas demandas políticas con la viabilidad técnica, evidenciando que, en la carrera de los semiconductores, el terreno ganado por Asia durante décadas solo se puede alcanzar con una ventaja competitiva que, a día de hoy, parece estar lejos de Estados Unidos.
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